Mountainconcagua

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::::: 1959 :::::

Autor Antonio Beorchia Nigris
   
HISTORIA

La presente nota nos fué entregada por Marcelo Scanu y fué originalmente publicada por el matutino DIARIO DE CUYO en 1989; por consiguiente los datos conocidos sobre el Aconcagua se remontan a esa fecha – A.B.N.

Intro por Marcelo Scanu (ver +)

Antonio Beorchia Nigris es un precursor del andinismo y de la arqueología de alta montaña, el cual me honra con su amistad y es el principal artífice de que practique este deporte.
No soy el único, ha hecho lo mismo con decenas de personas de mi generación. Siempre nos contaba las historias de primeros ascensos, grandes expediciones e importantes hallazgos. Una de esas historias, una de las mejores por la voluntad y la garra empeñada, es esta, la del ascenso al Aconcagua por una ruta larga y desconocida, con equipo pobrísimo y con todo en contra. El relato acompañado por estas fotos históricas, nos retrotraen a los momentos gloriosos de la historia del andinismo, una historia que merece leerse con detenimiento pues no tiene desperdicio.

por Antonio Beorchia Nigri
Mula carguera. Observar la ponchadora que le cubre los ojos para poderla cargar.

... Hace 30 años un grupo de siete andinistas del Club Andino Mercedario, conseguimos coronar la cumbre del “Techo de América” después de vivir inenarrables peripecias.
Con equipos primitivos y escasos conocimientos geográficos de la zona del río Vacas, abrimos una ruta nueva hasta los 6.000 metros, que fue repetida por andinistas de la UNSJ tiempo después y, probablemente, por otras expediciones.

    Un rocinante criollo (ver +)

    Nunca olvidaré al “Pampero”.
    Era el caballo más viejo, escuálido, desgarbado y a la vez resignadamente manso que haya montado hasta el día de hoy. De pelaje zaino-ceniza, ojos sin brillo y belfos colgantes, caminaba con paso cansino, rozando casi el hocico contra el suelo, como si olfateara algún invisible rastro.
    Era, para entendernos, la versión criolla del legendario Rocinante.
    Hoy comprendo que los dos baqueanos (don Ricardo Valdés y el “Chabelo” Gálvez, ambos de Lamberías), quisieron gastarme una pesada broma asignándomelo como sillero.
    “¡Cuidado! –dijeron con tono severo el primer día de marcha- éste es un caballo de sangre: si bien camina despacio, en cuanto divisa una tropa de guanacos arranca a toda furia, y no hay freno que lo sujete… Apenas vea usted uno de esos bichos, apriétese el sombrero, afírmese en la montura y déjelo correr nomás…”.
    ¡Pero que iba a correr el matungo, si en el llano apenas podía mantenerse parado y cuesta arriba se rezagaba de tal modo, que finalmente mejor resultaba seguir a pie!
    En esos años yo acostumbraba llevar en bandolera una escopeta Krupp de dos cañones pues, debo confesarlo, soy un conservacionista “converso”. Por entonces (les hablo de la década de los años 50) me gustaba cazar y solo después de un largo proceso de maduración interior abandoné esa práctica.

    Tengo para mí que el cazador, a semejanza de un diamante en bruto, es un enamorado de la naturaleza sin “pulir”. La suya es una forma primitiva, dramática, de poseer los animales selváticos, que muchas veces cría en cautiverio debido a la atracción misteriosa que siente hacia ellos.
    Es que, a su modo, los ama.
    El hombre tiene millones de años de evolución sobre sus hombros: no puede por consiguiente durante unas pocas generaciones borrar la información genética que ha heredada del cazador primitivo. Hasta el conservacionista más sincero sentiría vibrar sus fibras más intimas si topara de pronto con una tropa desprevenida de vicuñas, que al verlo iniciaran una rauda fuga. Si una perdiz –pongamos un ejemplo- en vez de alejarse con vuelo corto y rectilíneo, se posara de modo natural y espontáneo sobre el hombro de quien la apunta con un arma, ni un solo cazador sería capaz de matarla. Si una liebre se arrimara a comer a sus pies, tampoco podría dispararle.
    Ese miedo universal de los animales hacia el hombre, esa eterna fuga de la presencia de su peor enemigo, es lo que incita y en cierto modo obliga al cazador a intentar matarlos, para así “poseerlos”.
    Si al “diamante en bruto” que decía al principio, lo “facetamos” con un proceso de lenta prédica, con el tiempo se transformará en protector y amigo de la fauna. Esto dicho en cuanto a los verdaderos cazadores, cuya sensibilidad y gustos son diametralmente opuestos a los de los depredadores. Estos últimos no tienen redención posible: son solo unos asesinos en potencia.

    Volviendo al “Pampero”, recuerdo que el cuarto día de marcha desde Barreal, nuestra larga caravana bajó desde el portezuelo del Medio hasta el pastoso lecho del río de los Indios, a una altura de unos 3.000 metros sobre el mar.
    Fue a la vuelta de unos roquedales cuando descubrimos una tropa de guanacos desparramados sobre una jugosa vega. Aclaro, por una cuestión de conciencia, que no teníamos carne y que los víveres que llevábamos eran asaz escasos. Por la misma razón, entre otras obligaciones, nuestros baqueanos debían cazar con lazo o boleadoras todo bicho salvaje que fuera comestible. De allí que sin mediar palabra arrancaron ambos al galope haciendo silbar las tres marías. Ver la escena y sentirme co-partícipe de la misma fue todo uno: taloneé al “Pampero”, mientras a toda prisa cargaba la escopeta y la sostenía en alto con la mano izquierda. Pero el rocín, lejos de partir como el rayo, según era su deber y fama, paró del todo, dobló hacia mí la cabeza y me miró con aire sorprendido, como diciendo: “y a éste, ¿qué le pasa ahora?”.
    Con el entusiasmo de la cacería, los ojos fijos en la manada, continué azotando al caballo, mientras gesticulaba y vociferaba incitándolo a correr.
    Pero él, ¡nada!
    Perdida la paciencia, retuve las riendas entre los dientes, saqué el ancho cinturón de cuero con pesada hebilla de bronce con que sujetaba los pantalones y le apliqué un buen lonjazo sobre los cuartos traseros.
    ¡Nada otra vez!
    Entonces, enojado, di vuelta el cinturón para castigar al pobre bruto con el lado de la hebilla. Pero a causa de la escopeta y de las riendas que no me dejaban maniobrar, solo conseguí acariciar mis propias costillas con un golpe tal, que al solo recordarlo aún me duelen.

    Ésta es una de las muchísimas anécdotas que podría relatar acerca de la gran expedición organizada por el Club Andino Mercedario al Aconcagua partiendo desde Barreal, en enero de 1959. Fue aquella una aventura durísima, por momentos dramática, que el tiempo ha envuelto en un halo de leyenda. Sin embargo, en vez de relatarles a renglón seguido las peripecias de esa memorable expedición, abusaré de la paciencia y amistad de mis cuatro lectores, para recordar uno o dos episodios más. Sé que los mismos son intrascendentes, pero por lo menos no dañan y hasta pueden entretener.

Un carnero desafortunado (ver +)

Veinte días después del episodio que acabo de narrar, desanduvimos el río de Los Indios rumbo a Barreal.
En una ajada libreta de apuntes leo que ese día cabalgamos desde las 9 hasta las 18 horas, pasando por la mañana frente a las “Iglesias”, que son unas insólitas conformaciones de areniscas moradas, semejantes a antiguos castillos almenados o a catedrales góticas.
Sucedió que poco antes de acampar, descubrimos echado entre los coirones un solitario, gordísimos carnero, cuyo espeso vellón blanco nunca había conocido las tijeras de un esquilador. Verlo y arremeter contra la infortunada bestia fue solo cuestión de segundos. Parecíamos una horda famélica salida de la prehistoria: barbudos, hirsutas la cabelleras, quemados por el sol y la nieve… Es que durante los ocho días que duró la ascensión al Aconcagua no habíamos comido nada sólido y el resto del viaje comimos poco y mal. De modo que éramos pura piel y huesos los que antes de partir ya estábamos flacos y asaz delgados los restantes.
Recuerdo que José Mini sacó con movimiento fulmíneo su famoso revolver calibre 22 (por mi parte, después de cazar tres liebres se me habían acabado los cartuchos) y empezó a descargar tiros a diestra y siniestra con tal entusiasmo, que hasta hirió una mula en una pata. A su vez los dos baqueanos picaron espuelas partiendo al galope cuesta arriba, con los lazos listos. Los siete restantes nos apeamos, nos abrimos en abanico y procuramos cerrar la huída del carnero por la retaguardia.
Vernos era una escena cómica, a la vez que dramática: yo subía con un cuchillo de monte apretado entre los dientes; otro blandía una piqueta, otro un bastón andino, Mini su revolver humeante…
Lo urgente en esos momentos era atrapar la presa.
Solo quien haya sufrido alguna vez hambre atrasada podrá comprender esta ferocidad colectiva, exenta de toda piedad o sentimentalismo. Ahí se escapaba la cena y nosotros debíamos impedírselo. Pensamiento primitivo, simple, contundente, sin posibilidades de refutación.
El peso de la lana y la gordura pronto cansaron al carnero el cual, viéndose perdido, optó por descolgarse cuesta abajo. Lo tendría a dos metros de distancia, cuando con un desesperado envión por atraparlo, patiné sobre unos cantos rodados y me deslicé dando tumbos… con el trasero… sobre unos lajones inclinados y superpuestos a semejanza de gigantescas tejas planas. Detrás de mí venía resollando la pobre víctima, seguida por todo el batallón de los perseguidores, que en un santiamén lo dejaron enlazado, estaqueado y maniatado.
Esa noche por fin comimos asado, aunque resultó tan blando como podría serlo una alpargata vieja con suela de goma.


Frustrados Vaqueros (ver +)

El día después, algo repuestos gracias a la durísima pero sustanciosa carne, alojamos en el puesto de Las Casitas, junto al río de los Patos.
Había allí unos sauces viejos, un rancho en malas condiciones sostenido por los consabidos horcones de madera dura, un gran corral de pirca adosado al cerro y algunos alfalfares. Y digo “había”, porque hace más de una década (debiera decir; hace 35 años, MDA) una creciente barrió con todo aquello, cubriendo con un manto de gredas y cantos rodados todo lo que los peones de don Julio Álamo habían construido con ingentes esfuerzos.
Cuando llegamos a ese puesto, a la sazón deshabitado, observamos que por los alrededores pastaban numerosos toros criollos de largas huampas junto a muchas vacas con sus terneros al pie. Verlas y pensar al unísono en la posibilidad de beber un espumoso jarro de leche tibia, fue solo cuestión de segundos.
Entonces coordinamos de inmediato un “operativo leche”, cuya estrategia básica asignaba a los dos baqueanos la tarea de rodear y arrear los vacunos, mientras los restantes siete andinistas debíamos atajarlos y obligarlos a entrar al corral.
Para entendernos, diré que la situación era la siguiente: el corral, que estaba adosado a la ladera de un cerro, presentaba la puerta de entrada mirando al río; entre el río y el corral había una franja de suelo casi plano cubierto de arbustos; este espacio no era más ancho de cien metros, pero presentaba en su centro un corredor despejado de monte, es decir un camino natural sombreado por añosos sauces sobre uno de sus lados. Era pues lógico que por allí intentarían arremeter los vacunos.
Estudiado el terreno, nos alineamos codo a codo cerrando el callejón, mientras sosteníamos en las manos palos y piedras por si los acontecimientos exigían una intervención más enérgica de la esperada.
Anochecía. En la difuminada y tibia penumbra del crepúsculo andino, todo era paz.
Los primeros grillos dejaban oír su canto monocorde.
Relinchó un caballo desde los alfalfares.
Aromas de yuyos en flor; vahos húmedos de acequias corriendo agua límpidas; fermentos de humus en descomposición; aire estático; suavidad de formas hechas silueta…
Los músculos cansados se relajaron; los ojos enrojecidos por la reverberación de las nieves eternas, miraron hacia el oeste donde iban muriendo los últimos cobres de un atardecer glorioso. Y de pronto, en medio de tanta paz, el fragor de la tempestad.
Escuchamos en efecto a lo lejos los silbidos de los baqueanos, el mugir de los toros junto a un amenazante ruido de pezuñas que se avecinaban al galope, golpeando rítmicamente el suelo.
Cuando el ruido se transformó en estruendo, tensamos los músculos y escrutamos con ansiedad la penumbra, para saber cual sería la táctica a seguir.
Una selva de cuernos surgió por último de entre los montes… y se nos vino encima como sentencia. “¡Virgen Madre, ayúdame!” pensé, y sin saber como, me encontré guarecido detrás de un añoso sauce, mientras las negras cabezas huampudas y los peludos lomos pasaban a mi lado con fragor de pezuñas, dejando suspendida en el aire una espesa polvareda olor a guano reseco y a yuyos pisoteados.
Terminado el alud, me persigné y pregunté a voces por los demás que a su vez, a pesar de las pesadas botas de montaña, se encontraban todos a buen resguardo.
Rezagado venía un ternero de tal vez un mes de edad: a ese lo enlazaron los baqueanos haciendo alarde de gran destreza y entre gritos y silbidos, lo ataron al palo embramador que ocupaba el centro del corral, con la certeza de que la madre acudiría para alimentarlo. De paso se vería obligada a alimentar un considerable número de frustrados vaqueros. Durante horas soportamos estoicamente los mugidos de madre e hijo, pero la vaca no entró al corral y el ternero, de tanto tironear terminó cortando el tiento con qué lo habían atado y se escabulló engullido por la negrura de la noche.

Las Casitas en Pampa del Toro, antes de ser destruidas por un aluvión.

por Antonio Beorchia Nigri
    Cosas y Rarezas Acontecidas en Aconcagua (ver +)

    El Aconcagua ha sido escalado centenares de veces desde que el suizo Mathias Zurbriggen coronara su cumbre allá por 1897. Todas sus laderas y paredes (empezando por la legendaria pared Sur, abierta por la expedición del francés René Ferlet en 1954), sus filos, aristas y glaciares, han sido recorridos más de una vez.
    El último gran enigma, el de un sacrificio humano de 500 años de antigüedad, enterrado a 5.500 metros por los Incas, acaba de ser develado (3). Resulta pues natural que sobre el Aconcagua hayan sucedido los hechos más insólitos.
    Por ejemplo: la piqueta que el inglés Stuart Vines dejó en la cima el 13 de febrero de 1897, la encontró el 31 de enero de 1906 el Dr. Roberto Helbling, pero fundida por un rayo.
    El Club Alemán de Excursionismo de Chile (también en el año 1897), utilizó carbón como combustible para derretir nieve, que fue transportado hasta alturas de 6.000 metros en bolsas y a hombros.
    Su cima fue alcanzada por varios perros, de entre los cuales la más famosa fue la perrita “Fifí”, que perdió su vida junto con el renombrado andinista alemán Juan Jorge Link durante su última ascensión a la montaña.
    En 1948, el alemán Loithar Herold quedó ciego sobre la misma cumbre durante un día y una noche, hasta que recuperó la vista y pudo descender.
    María Canals Frau de 22 años de edad, murió extenuada en brazos de su prometido José Colli en marzo de 1947, después de haber logrado la cumbre.
    A fines de 1977 un helicóptero Lama de la IV Brigada Aérea Argentina, posó por corto tiempo los patines sobre el “Techo de América”, y algunos motociclistas españoles consiguieron subir con sus máquinas hasta los 6.800 metros en enero del mismo año.
    Varios sacerdotes católicos oficiaron Misa en su cumbre, uno de los cuales, el inglés Piers Grant Ferris, de la orden benedictina, permaneció extraviado más de una semana antes de aparecer en Punta de Vacas (año 1981).
    Por último Jean Marc Boiven con Dominique Marchal, después de varios intentos consiguió volar en 1981 desde la cumbre hasta Plaza de Mulas en ala delta.

    Estos y otros interesantes datos me los facilitaron el Dr. Alfredo Magnani y Luis Alberto Parra leyendo su libro “Aconcagua Argentina”.
    De mi cosecha agrego que un andinista español acampó sobre la cumbre del Aconcagua 40 días corridos, hace de esto tres años atrás (es decir en 1986 – mihi). He olvidado el nombre de ese extraño recordman.
    Pero en los últimos tiempos se ha llegado a extremos tan insólitos que los acontecimientos protagonizados dejan de ser anecdóticos para caer en lo grotesco. Hasta hubo quien cargó hasta la cima una mesita plegable para trepar sobre ella y ganarle por un metro a todos los anteriores andinistas…
    El verano último (de 1989) hemos visto por ejemplo 3.000 (tres mil) personas desfilar por la ruta normal en busca de la cumbre (4). Semejante ejército ha dejado junto a los refugios verdaderos basurales por donde da asco transitar (5). Para colmo entre algunos de esos 3.000 visitantes corrió la droga y en Plaza de Mulas hasta hicieron su agosto tres mujeres de cascos livianos, entreteniendo a los pobres muchachos los días de mal tiempo.
    ¡Cosas de locos!

    Pero hace 30 años (es decir en 1959) el Aconcagua era todavía una montaña legendaria. Su nombre significaba aventura, prestigio. Por entonces ya habían muerto muchos intentando abrir nuevas rutas o tan solo sobre la ruta normal. Recordando a esos pioneros existe un cementerio en Puente del Inca… Porque el Aconcagua es también el único gran nevado con cementerio propio…
    Quiero decir con esto que cuando el Club Andino Mercedario organizó su expedición en 1959, todavía valía la pena escalarlo. Los que hoy lo intentan, algunos solo pretenden escalar un nombre

por Antonio Beorchia Nigri

El ventisquero de Las Vacas, como era en 1959

Una Ascención Memorable (ver +)

En esa oportunidad, como jefe se desempeñó don Erico Groch (ya fallecido) que en su época fue maestro y conductor de una entera generación de andinistas. También iba el gran Sergio Fernandez, el único sanjuanino que (en 1971) estuvo en los montes del Himalaya. Sergio, mejor conocido por “Coco”, se desempeñó como coordinador de la expedición. En cuanto a la tropa, estaba compuesta por Edgardo Yacante, Oscar Kümmel, Germán Leuzzi, José Mini y por mí .
Admito que nuestros equipos eran malos, pero formábamos un grupo fuerte, bien affiatato, como dirían los alpinistas italianos.

Lamento haberme dejado tentar por el tema de las anécdotas que nos han robado demasiadas carillas. Tendré pues que limitarme a sintetizar los hechos salientes de la ascensión, obviando un relato pormenorizado de la misma.
Como decía: la marcha hasta el campamento base duró cinco días, partiendo desde Barreal, para alcanzar el refugio Álvarez Condarco el 18 de enero, Pampa del Toro el 19, portezuelo del Medio el 20, río de los Indios el 21 y río de las Vacas el 22 de enero de 1959.
El 24 alcanzamos a lomo de mula los 4.000 metros, hasta acampar por separado a los pies del glaciar Güssfeldt, por cuanto no había lugar allí para instalar juntas nuestras tres carpas. El día siguiente nevó.
El 26, a pesar de la nevisca, bordeamos el fragmentado glaciar hasta los 4.500 metros.

En mi ya vieja y ajada libreta de apuntes re-leo: “18,30 horas. Nieva tupido con viento del cuadrante Este. El calentador “Primus” a nafta continua derritiendo hielo; la visibilidad es nula; en la carpa de enfrente “Piraña” (Edgardo Yacante) y Mini cantan; en la otra carpa Oscar (Kümmel) cuenta chistes bastante malos; Rosier (Leuzzi) fuma su primer cigarrillo del día. Miro la foto de mi Edda”. (Edda Yacante, por entonces mi novia y, más adelante, mi mujer durante 51 años. Edda falleció el 5 de diciembre de 2011).
“Afuera la nieve ha blanqueado los alrededores. Me pongo otro par de medias de lana, pues hace frío”.

Dos días más tarde, una nevazón tupida que no permitía ver más allá de las propias narices, desorganizó nuestra columna, de modo que Erico Groch se encontró solo trepando hacia Plantamura mientras Yacante, Fernandez y yo nos vimos obligados a acampar al reparo de grandes rocas, apretados como sardinas en una carpita para dos personas, mientras Kümmel con Leuzzi hacían noche más abajo en el campamento 3º, desde donde luego regresarían al campamento base.
Por fin el 29 de enero empalmamos la ruta normal junto a los refugios de Plantamura. Recuerdo que eran dos construcciones de madera con techos a dos aguas que arrancaban desde el suelo hasta alcanzar una altura máxima de 1,80 metros. En esa ocasión estaban llenos de nieve congelada, de modo que resultaron inhabitables.
Serían como las 12 cuando llegamos allá. Recuerdo también que, mientras preparábamos un caldo a base de cubitos por todo almuerzo, Yacante –recostado contra la pequeña puerta del refugio- cantaba a todo pulmón el “Barbero de Sevilla”, pues siempre fue un buen tenor.
Había sol y los seis mil metros no se sentían.
Recién pudimos reunirnos con Groch en el refugio Independencia, que según los viejos textos debía encontrarse a 6.700 metros y los nuevos le asignan 6.500 sobre el nivel del mar.
Era aquella una construcción de madera semejante a las de Plantamura, con una puerta baja en su frente, por donde era menester entrar a gatas. En el interior descubrimos unos pequeños estantes donde había algo de fruta abrillantada, unas nueces, un calentador de alcohol, fósforos y otros objetos.
Nuevamente reunidos, preparamos otro caldo de carne que Mini salió a vomitar de inmediato. El mismo “Coco”, con ser fuertísimo, tuvo que lanzar en el jarro que sostenía, pues el mareo no le dio tiempo para salir al exterior.

Durante la Travesia (Aconcagua 1.959).

por Antonio Beorchia Nigri
Cumbre al Fin! (ver +)

Noche interminable, dolor de cabeza, falta de aire, palpitaciones. Pero a la madrugada del 30 de enero estábamos los cinco trepando por la Gran Canaleta. Hacía un frío de perros que nuestros anticuados equipos no conseguían atenuar. Recuerdo que durante un tiempo perdí toda sensibilidad a los pies, hasta que un doloroso hormigueo anunció el restablecimiento de la circulación.
A eso de las 14, Mini empezó a desvariar: hablaba de modo incoherente, se sentaba a descansar cada dos pasos, hasta que por último no pudo continuar. ¡Pucha que lo sentíamos, estando la cumbre tan cerca! Entonces nuestro “Coco” –que era un toro de 90 kilos de peso y 1,85 metros de altura- se hizo cargo de él y, ayudándolo de trecho en trecho, alcanzaron ambos la cima.

Llegamos arriba a las 15,30 del día 30 de enero de 1959.
Mini se dejó caer sobre la nieve y quedó dormido; Groch y Fernandez lloraron.
Poco después redactamos nuestros documentos y retiramos los que allí había, entre otros una placa de aluminio perteneciente al subteniente Balda, que Yacante conservó hasta su fallecimiento y hoy deben guardarla sus herederos.
Ya de regreso, “Coco” y yo atamos a Mini para ayudarlo a bajar, pues no conseguía dar dos pasos sin caerse. Él, para que lo dejáramos descansar más tiempo, nos distraía mientras con divagaciones.
Cuando el sol ya alcanzaba el horizonte y la línea verdosa del Pacífico relumbraba a lo lejos, Mini nos dijo en uno de tantos altos: “Muchachos, una vez en San Juan los invitaré a comer una tallarinada de primera…”.
José, ¡aún nos debes esos tallarines!
Los tres alcanzamos el refugio Independencia a las 20 horas.
Al día siguiente despertamos con malas noticias: Erico Groch estaba ciego y Mini continuaba sin fuerzas. Entonces Fernández se hizo cargo del mando, ordenando a Yacante descender hacia Plantamura donde habíamos dejado unos equipos, y a mí me asignó la tarea de guiar a Groch por el inmenso acarreo que nos llevaría directamente al campamento nº 3. Por su lado “Coco” ubicó sobre la ya pesada mochila, también la de Mini y, encima de las dos, ubicó una montura hallada al pie de la Gran Canaleta (después supimos que había pertenecido a Francisco Ibáñez, el gran “Paco, muerto durante la 1º expedición argentina al Daulagiri en 1954), y así, cargado él como una mula y yo guiando a don Erico ciego, descendimos despacio hasta alcanzar los 5.000 metros s.m.

Otras muchas peripecias podría relatar de esos días, vividas tan intensamente que aún las conservo en mi memoria como si fuera hoy.
Esa expedición me costó además el empleo, pues me dejaron cesante por “abandono del trabajo”… jefes no muy aficionados a la montaña. Pero a los 23 años uno puede aguantar ese cimbrón y otros mayores.
Lo cierto es que el buen Dios no permitió por entonces que sufriera excesivas penurias económicas, ni lo ha permitido en adelante, hasta el día de hoy.

De-izquierda a derecha, Fernandez, Mini, Yacante y Groch.-Recostado, Beorchia.

A 5.500 m.s.n.m. aproximadamente

 

 

30 de Enero de 1.959 a las 15.30 hs aproximadamente. CUMBRE ACONCAGUA!

por Antonio Beorchia Nigri
 

 

Argentina

 

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Antonio Beorchia Nigris e intro de Marcelo Scanu

Notas Adicionales: publicada originalmente por el matutino DIARIO DE CUYO, el domingo 16 de abril de 1989; por consiguiente los datos conocidos sobre el Aconcagua se remontan a esa fecha – A.B.N.
Ver la voluminosa compilación del Dr. Juan Schobinger “EL SANTUARIO INCAICO DEL CERRO ACONCAGUA”, publicada en 2001 por la Editorial de la Universidad Nacional de Cuyo – 452 pags.
Con posterioridad a 1989 el número de andinista, y non, que han intentado la cumbre, aumentó en forma geométrica, al punto que hoy resulta casi imposible censarlos.
Años después fueron enviadas patrullas de limpieza con la misión exportar a lomo de mula toda la basura a que hago referencia en estas líneas.

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